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Disfrutar la Naturaleza
paso de agua negra camino
El Paisaje

Cruzar la cordillera es siempre todo un desafío para los sentidos por la emoción de sentir, por unas horas, que se es parte de un escenario colosal en el corazón mismo de los Andes.

El recorrido a medida que aleja los verdes oasis de cultivo de los valles hace aparecer la diversidad de colores de las montañas que muestran su riqueza mineral en todo su esplendor.

Lo más llamativo del paisaje son los penitentes, crestas irregulares de nieve o hielo que se forman a grandes alturas e invariablemente apuntan al sol, por lo que curiosamente, no proyectan sombra. Otro atributo singular del Paso de Agua Negra, a 4750 m. sobre el nivel del mar, es la extraordinaria belleza de dos imponentes glaciares: La Olla (Argentina) y El Tapado (Chile) observables a simple vista desde diversos puntos del itinerario.

   



1. Valle de Tulum

El agreste entorno natural convertido en oasis agrícola por la mano del hombre se puebla de vides y olivares que germinan en vinos generosos y aromáticos aceites trasluciendo los aromas y sabores del terruño. En el corazón del valle de Tulum, la Ciudad de San Juan se ofrece como un espejismo en medio del desierto.

Su moderna arquitectura configura una urbe espaciosa, de calles rectilíneas, veredas amplias y acompañadas de acequias de regadíos que surcan todo el espacio.Esta especie de sistema circulatorio nutre al ramaje frondoso de la arboleda pública que sombrea el caminar calmoso de los peatones, protegiéndolos del asedio de la fuerza del sol sanjuanino. La estadía en ella es indiscutiblemente placentera y entretenida por la amplia oferta de actividades culturales, artísticas y recreativas que posee.

2. Ruta 40

El Paso Internacional Agua Negra, vincula a la IV Región de Coquimbo ( Chile) y la Provincia de San Juan (Argentina), conectando las ciudades mas importante de ambas jurisdicciones, la intercomuna Serena – Coquimbo por medio de la Ruta CH 41, con la Ciudad de San Juan a través de las rutas RN150 y RN40 , cubriendo una distancia de 505 kilómetros, de los cuales 365 km. están asfaltados y 140 km. son caminos consolidados.

Se habilita todos los años en el mes de noviembre y permanece transitable con servicios aduaneros, migratorios y fuerzas de seguridad, durante todo el verano y parte del otoño, cuando se cierra por factores climáticos a partir de mayo.

3. Valle de Jáchal


Dos cordones montañosos lo recluyen a una rústica serranía que se sobrepone a la aridez del pedregal con el empeño del hombre. Un par de ríos torrentosos aportan el agua necesaria pero en difícil tarea de doblegarlos para el provecho agrícola. Compensan esta bravura otros tantos manantiales que como una pena de la profundidades, afloran salados y cristalinos para enjugarse temprano en el arenal. Aún así su oasis es uno de los más productivos de la provincia de San Juan.

Cultivos intensivos, bajo regadío artificial en donde el cielo desconoce el goce de las lluvias habituales. El laboreo agrícola pone a prueba la tenacidad de su gente y hace más fuerte el apego a su tierra y a las tradiciones que no han extinguido, felizmente, la llama del recuerdo dorado del ganado de engorde, alfalfares que verdearon sus pampas y magníficos trigales que le dieron un lugar de privilegio en el intercambio comercial a través del Paso de Agua Negra.

4. Valle de Iglesia

Antiguas tierras trajinadas desde siempre por andariegos pasos y que nacieron a la cristiandad cuando los conquistadores anduvieron los altos valles andinos en busca del preciado metal. Actualmente los centros poblados se desarrollan en Rodeo y Las Flores, último poblado antes del Paso de Agua Negra.

Encerrado por una cadena de pequeños oasis fertiles el valle de Iglesia es la zona de producción semillera por excelencia aunque centenarios manzanos, nogales y sauces que saben de fuertes nevizcadas y de crujir con el viento cordillerano atestiguan otras épocas y otros esplendores. Sólidos tapiales y emblanquecidas empalizadas anticipan añejos ranchos de adobones, donde es posible encontrar aún alguna mano diestra que trence el cuero, entrelace la lana en el telar o forje en el yunque las herraduras para su caballo; porque es donde el tiempo ha guardado la vida, las costumbres y la cultura de toda una época.

5. Paso de Agua Negra

Lo extremoso del paisaje cordillerano es cosa palpable y elocuente por demás. Pero se intensifica en exceso cuando se irrumpe en sus entrañas. Soberbias montañas destituidas de cualquier resabio vegetal por la altura dejan a la zaga fértiles vegas de lánguidos pastizales; en medio de la inmensidad de roca viva se abre el Paso de Agua Negra como un rayo de sol a través de la cerradura oscura.

El paisaje es inmutable. Los penitentes y glaciares pueden verse a simple vista de un lado como del otro de la cordillera como testigos de un tiempo primigenio; y aunque el silencio llega a ensordecer de soledades siempre se está en la compañía, a veces visibles y otras no, del cóndor. Pequeño lunar que ennegrece el azul del cielo y poco dice al ojo humano de su inmensidad como el ave voladora de mayor tamaño o de los 5000 m.s.n.m. donde habita y desde donde se señorea por sobre las cumbres más altas de la cordillera más inmensa.

6. La Serena Coquimbo

La Serena no se describe, se admira. Su perfil definido recuerda sus siglos de privilegiado anclaje junto al mar. Fachadas reconstruidas en blanco y terracota, callecitas angostas e iglesias de piedra cinceladas por la memoria, en rara mezcla con el ajetreo de la ciudad, la aceleración de las carreteras atestadas y el jaleo de los turista que todo los sorprende. Sus playas son las elegidas para el regodeo bajo el sol y la pausa merecida del descanso.

A pocos kilómetros Coquimbo sabe a puerto, a mariscos, a mar. El inconfundible griterío de gaviotas anticipan la entrada y salida de las embarcaciones. Algunas inconmensurables por el industrialismo y la tecnología, otras de maderas cansadas y comidas por la sal en la faena diaria, pero iguales al buscar atraque en un puerto de resguardo natural. Mientras a un lado y a otro pequeñas playas bordean la costa invitando al contacto con la arena y las aguas del Pacífico.

7. Valle de Elqui

Al pié de los Andes y a su resguardo se extiende el valle de Elqui. Sus montañas agrestes rivalizan en cumbres escarpadas y en colorido singular que ciñe su talle en gratos cultivos que se encaraman en sus laderas contradiciendo toda ley de gravedad. Revestido su suelo pedregoso por las hileras de viñas que requieren siempre de esmerados cuidados a lo largo de todo el año hasta hacerlas fructificar en racimos largamente esperados.

Celosas bodegas los trasforman en generosos vinos o en el emblemático pisco, destilado madurado en la propia esencia de todo el valle. Sin poder pasar por alto otra conspicua y distintiva cualidad de su personalidad, la cual es su tradicional énfasis y devoción a las prácticas mineras donde sucesivas generaciones consideran la explotación de sus depósitos minerales como ocupación, industria y forma de vida.

8. Tongoy

Tongoy se levanta sobre una pequeña península, enclavada en la amplia bahía que forma el cordón montañoso de Lengua de Vaca al adentrarse en el mar. Ubicada a 430 km. al Norte de Santiago y a sólo 50 km. al Sur de La Serena, tiene el encanto natural de la naturaleza virgen, humedales, bosques y playas.

La carretera de acceso ofrece excelente condiciones y permite adentrarse en un paisaje salpicado de rocas, cactus y arbustos mientras por trechos se acerca al mar y a sus oleajes de espuma blanca. Este balneario, impresiona al visitante por las especiales características de sus playas. Hacia el Sur, la Playa Grande, se extiende a lo largo de 14 kms. en donde se observan las instalaciones de los cultivos marinos, que le han dado a conocer internacionalmente; mientras, por el norte, la Playa Socos, es de especial predilección para los veraneantes debido a su playa de fina y blanca arena, un mar de suave oleaje y templadas aguas.

9. Litoral Norte

El área septentrional de la región nada dice de la apacibilidad del paisaje anterior. El roquerío hace perder la monotonía de las playas y sus arenas. Corpulentas moles se adentran al mar, insensibles, algunas veces desafiantes, otras resignadas al incesante romper de las olas.

La erosión se ha encargado de construir en ellas una serie de ariscas cavernas a modo de pequeñas grutas que en sus entrantes y salientes resguardan centenares de aves que anidan a su amparo. La reserva de fauna contribuye a conservar intacto este bioma amenazado y posibilita que el visitante pueda experimentar en forma segura el avistaje de delfines y un sinnúmero de ejemplares de la avifauna en su habitat natural.